Aprender a mirarse con amor desde pequeños
Cuando yo estaba en la escuela, recuerdo que cada vez que alguien decía algo como “ay, qué linda que soy”, inmediatamente aparecía alguien más diciendo “qué rajona” o “qué creída”. Y hoy, viéndolo en retrospectiva, pienso… qué diferente hubiera sido si desde pequeños nos hubieran enseñado que está bien decirnos cosas lindas. Que reconocer lo que nos gusta de nosotros mismos no es arrogancia, es amor propio.
De alguna manera, todos nacemos con una relación natural y positiva con nuestro cuerpo. Los bebés no se cuestionan cómo se ven, no se comparan, no sienten vergüenza. Pero poco a poco, esa percepción se va moldeando.
Empieza cuando escuchamos sobre el “cuerpo ideal”, cuando oímos comentarios negativos sobre otros cuerpos —o incluso sobre el nuestro—, o cuando vemos a los adultos a nuestro alrededor hablar de lo que “deberían cambiar” de sí mismos. Sin darnos cuenta, vamos aprendiendo que tal vez sí hay algo que “deberíamos modificar” para encajar o sentirnos mejor.
Y hoy, más que nunca, esto se intensifica. Vivimos en una época con una exposición constante a redes sociales, donde es muy fácil encontrarse con imágenes, comentarios o mensajes que pueden afectar la forma en que nos vemos.
Si les soy sincera, este es uno de mis mayores miedos con mis sobrinos: saber que llegará el momento en que estarán expuestos a todo esto, y que eso podría impactar su amor propio o incluso aumentar el riesgo de desarrollar una mala relación con la comida o su cuerpo.
Por eso, hay algo sencillo pero poderoso que podemos empezar desde casa. Un ejercicio que me encanta —y que no quería dejar fuera de esta página— es el siguiente:
Desde muy pequeños, pongamos a nuestros bebés, toddlers y niños frente al espejo. Acompañémoslos a que cada vez que se vean puedan decirse una, dos o tres cosas lindas sobre ellos. No solo de su físico, sino también de quiénes son:
“soy valiente”, “soy amable”, “me gusta mi sonrisa”, “soy divertido”.
La idea es que esto se vuelva un hábito, un recordatorio diario de que son valiosos tal y como son, y que no necesitan cambiar para ser suficientes.
Con los chicos más grandes, podemos ir un paso más allá: escribir estas frases en post-its o incluso con marcadores en el espejo. Así, en esos días en los que no se sienten al 100%, esas palabras estarán ahí para sostenerlos un poquito.
Y algo que nunca debería faltar en nuestras conversaciones: recordarles que todos somos diferentes… y que eso está bien.
Podemos explicarlo de formas simples, como con los perros: hay unos pequeños, otros grandes, unos con muchísimo pelo y otros sin pelo. Todos son distintos, pero todos son igual de valiosos, todos merecen amor y todos tienen amor para dar. Y lo más lindo es que ellos no se comparan entre sí… simplemente son.
Ojalá podamos criar niños que crezcan sabiendo que su valor no depende de cómo se ven, sino de todo lo que son

